
Viajar
# Londres
Londres, qué ciudad maravillosa. Cuántas contradicciones incluye vivir. Viajar unos días para caminar sin dirección ni destino, qué placer, apreciar lo que hay sin más: las calles, la naturaleza, ver a la gente pasar. Las ardillas, qué poema, esa cola como una pluma que mueven con delicadeza seductora, los cisnes blancos en ese río barroso. Imaginar a los comerciantes de todo el mundo llegando a descubrir la ciudad en otros tiempos, con sus trajes de terciopelo, transpirados, malolientes pero pitucos, lores y señores de costumbres brindando con sus beers en el pub. Me encanta que pidan permiso, perdón y gracias por todo. Falsa o no, me gusta la amabilidad. La cortesía envuelve todo en un halo de belleza. La libertad con la que son capaces de vestirse, el límite entre el disfraz y la verdad de ser ellos mismos. Una oda al estilo propio.
El teatro El Globo, donde exhibió sus obras William Shakespeare —aunque es la réplica más exacta—, al entrar se me cayeron cuatro lágrimas: tres del lado izquierdo, una del derecho. Sentí emoción, no sé cuál, o muchas al mismo tiempo, o alguna sin nombre. Mientras el tour avanzaba, llegó una persona que se notaba que era actor. Un grupo de jóvenes caminó por el escenario equilibrando el espacio, hasta que el profesor dijo: STOP. Todos se detuvieron y me sentí parte de algo mucho más grande, de la gran familia del teatro: como un río que atraviesa el tiempo, de generación en generación los humanos nos enseñamos a representarnos a nosotros mismos, a representar las contradicciones que se sienten al estar vivo. A veces sabiendo para qué, a veces no. Cuánta riqueza hay en las infinitas formas de ser humanos.
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